Por Federico Giammaría
Hace dos años, la sociedad argentina tomó una decisión. No fue cambiar gradualmente ni ajustar piezas del sistema. En 2023, la mayoría de los votantes eligió el reseteo total. “¿Y si explota?”, preguntaban los consultores. “Que explote”, respondían muchos encuestados.
Así llegó Javier Milei al poder: con una motosierra, un plan de liquidación del Estado y la dolarización como horizonte. Nunca cambió una coma de su discurso. Fue explícito, directo y sin disfraces.
El libertario obtuvo exactamente 14.554.560 votos, suficientes para superar a Sergio Massa, a quien Milei y buena parte del electorado identificaban como parte de la “casta”.
¿Cuánto ha cambiado desde entonces? ¿Se agotó el impulso de cambio drástico que expresó esa mayoría? ¿Está de regreso la política tradicional, como plantean algunas figuras del viejo sistema?
No hay señales claras de eso. A pesar del ajuste profundo implementado por Milei, de la fuerte reducción del gasto público y de una economía que todavía no despega, en la opinión pública persisten palabras como “esperanza” y “futuro”. Esa es la novedad. Mucha gente sigue con dificultades para llegar a fin de mes, el pluriempleo es cada vez más común y las changas crecen como única opción. Sin embargo, ese escenario, que en otros tiempos hubiera significado una caída de popularidad para cualquier presidente, hoy no parece erosionar al libertario.
Es cierto: en lo más alto de su pirámide de promesas estaba la baja de la inflación. Y a eso lo está logrando. La suba de precios se desaceleró, lo que da alivio y habilita la expectativa de que, al menos en economía, su expertise puede producir resultados concretos.
¿Por qué, entonces, algunos referentes de la política tradicional se sienten revitalizados? Lo vemos en la provincia de Buenos Aires, donde actores del sistema que fue rechazado hace poco tiempo se presentan hoy como la contracara del Presidente. Arman alternativas desde estructuras conocidas, con rostros conocidos y con métodos (como las candidaturas testimoniales) que ya fueron cuestionados por la ciudadanía.
Montados en una ola de contrarreacción aseguran que aquel espíritu de ruptura que encarnó Milei ya se agotó. Que es hora de volver a las viejas fórmulas y a los mismos dirigentes que, justamente, generaron las condiciones para que apareciera el fenómeno de la motosierra. Lo hacen sin autocrítica, absorbidos por las urgencias de la “rosca” y, en algunos casos, cuestionando incluso el discernimiento de los 14 millones de votantes del actual presidente.
Nadie niega que siguen teniendo una base importante, sobre todo en provincia de Buenos Aires. Allí, la intención de voto a Fuerza Patria (enésima pirueta nominal del kirchnerismopara dejar de llamarse kirchnerismo) podría superar el 40%, con anclaje central en la populosa Tercera Sección, que incluye a la “provincia” de La Matanza.
Ese caudal puede servir para frenar el avance del cambio, pero no para proponer uno nuevo. Ya ocurrió en la elección presidencial de 2019, cuando lograron ganar con un Alberto Fernández moderado, aunque el resultado fue, posiblemente, el peor gobierno desde el retorno de la democracia.
En medio de ese escenario, cinco gobernadores (Córdoba, Santa Fe, Chubut, Santa Cruz y Jujuy) lanzaron un “grito federal” que mezcla radicalismo, peronismo y PRO, con fuerte impronta provincial. Intuyen que hay una porción del electorado mileista ciertamente desencantada.
Lejos de la lógica binaria que propone Fuerza Patria, este nuevo bloque parece tener una lectura más ajustada a la sociedad actual. Comprende que el rechazo al modelo de Cristina Kirchner –economía cerrada, Estado deficitario, vínculos con Venezuela e Irán– persiste y llegó para quedarse. Pero también perciben que hay millones que desean un país diferente, sin gritos, sin violencia simbólica o física, y sin olvido del mantenimiento de rutas, jubilados y discapacitados.
Octubre será una gran encuesta para medir qué está pasando con esa sociedad que votó por el reseteo. ¿Habrá un nuevo respaldo para terminar la faena, con un Milei reforzado y sostenido por la paciencia de un país que lo sigue bancando? ¿Se abrirá paso una opción más equilibrada que canalice parte de la decepción? ¿O regresaremos a un proyecto que se parece mucho al modelo vetusto de Cristina y Máximo?
Las dos primeras opciones parecen más probables. La tercera, más lejana. Aunque, tratándose de Argentina, nunca se sabe.