Desde muy chico, Daniel Passerini encontró en la música mucho más que un pasatiempo. “A los 9 años empecé en la escuela gratuita de música Sirio Bostini de Cruz Alta, que ya debe estar por cumplir 100 años”, contó durante su visita a Alternativa. Allí aprendió percusión, luego trombón —gracias a la mirada atenta del maestro Héctor Gatti— y terminó tocando en bandas que desfilaban y también en una de jazz.
“Me gustaba muchísimo. Toqué hasta los 17, cuando me vine a estudiar a Córdoba. Después, recién volví a tocar para las bodas de oro de la escuela, y ya mucho tiempo después, en el año 2000”, recordó.
Lejos de definirse como un solista, Passerini disfruta de la música desde el costado del acompañamiento. Pero su gusto no se detuvo en el jazz: “Me gusta muchísimo la música en general: tengo playlists con rock nacional, música de los 80, jazz, folclore… en mi casa siempre se escuchó de todo. Mi viejo era fanático de Atahualpa Yupanqui, y mi hermano mayor dejó la trompeta para tocar la guitarra y cantar folclore”, contó.
Lo que más lo atrapa hoy es la mezcla de estilos: músicos de jazz tocando pop, o artistas de folclore haciendo rock. “Me encanta ver eso en YouTube. Como Jules Holland tocando con Tom Jones o Mick Hucknall, o los encuentros que hacía Darryl Hall en su casa. Esa fusión me fascina”, relató, mostrando que su curiosidad musical no tiene fronteras.
La música sigue muy presente en su vida: hace poco tocó con Las Mallas Van en el festejo por los 30 años de La Luciérnaga, suele presentarse en el Cover Rock y en septiembre formará parte de un festival de jazz en el Teatro Comedia.
Sobre la pregunta inevitable —¿qué tira más, la política o la música?— Passerini no dudó: “La música es una vía de escape, un momento terapéutico. La política hoy es una responsabilidad porque ocupo un cargo público, pero soy un dichoso: puedo hacer lo que me gusta y que me guste lo que hago”.
El intendente también confesó otras pasiones: el cine, el fútbol, los museos y la enorme oferta cultural de Córdoba. Y recordó con cariño el primer festival al que fue pagando entrada: el mítico Festival de La Falda, donde tocaba nada menos que el Flaco Spinetta.
Así, detrás del dirigente, aparece un lado más íntimo y artístico: el de alguien que encontró en la música un refugio y que, entre reuniones y gestión, sigue dejando espacio para subirse a un escenario o perderse en una buena canción.