Este 6 y 9 de agosto se cumplen ochenta años de los bombardeos nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki, Japón. Los sobrevivientes, conocidos como hibakusha, volvieron a exigir el desarme total de los arsenales nucleares para evitar otro infierno como el de 1945.

En apenas tres días, más de 200 mil personas murieron tras las explosiones que arrasaron ambas ciudades. Aquella tragedia mostró al mundo el horror de las bombas atómicas, un infierno tangible que generaciones posteriores aún recuerdan y sufren.

La voz de los hibakusha

Los hibakusha, que significa “personas atacadas por la bomba”, llevan décadas reclamando el fin de las armas nucleares. Sus voces, jóvenes y firmes en su inicio, hoy son escasas porque la mayoría tiene al menos ochenta años. Sin embargo, el mensaje permanece intacto: nunca más otra Hiroshima o Nagasaki.

Este año, además, se sumó al reclamo el Papa León XIV, sumando peso moral a la causa. Pero mientras se acerca el centenario de ese doble ataque, el riesgo de un nuevo holocausto nuclear aumenta.

El peligro actual

En 1945 sólo Estados Unidos poseía armas nucleares, por lo que no existía el peligro de reacción. Ahora, múltiples potencias nucleares podrían responder un ataque con una lluvia de misiles fatal. Además, las ojivas actuales son miles de veces más destructivas que las usadas hace ocho décadas.

Este contexto se agrava por la presencia de líderes con posturas extremas y desequilibrios emocionales, que podrían apretar el “botón rojo”. Un conflicto así desataría un desastre global, acelerando incluso el cambio climático.

Como dijo Fyodor Dostoyevsky, “el hombre ha creado al diablo a su imagen y semejanza”. Hoy ese diablo sigue vivo y es urgente que escuchemos las voces de quienes vivieron el infierno del 1945 para evitar repetirlo.

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